Jesús, todos estos que te condenan piensan que estás solo. Pero junto a mí veo a tu Madre, de la que no me he separado en ningún momento; está también Juan, que no puede apenas creer que te estén haciendo esto. Y estoy yo, y miles de personas, millones, cuando te acompañan cada año en este día. Y sé que lo sabes, y que te da fuerzas, porque ves cada rostro ante ti y no miras con rencor, sino con amor y dolor de alma.

Te condenan a muerte entre burlas e insultos. Te condenan porque no quieren entender ni creer. Y el hecho de que no te resistas les hace insultarte más fuerte. Te golpean, estás lleno de heridas. Buscas amigos entre la multitud. Sabes que estamos ahí.

Miras con un amor que no es propio de este momento. Miras y nos enseñas lo que es poner la otra mejilla. Caerán muchas lágrimas por este momento en los años venideros. Pero lo recordaremos sin poder evitar sentirnos culpables, porque, si estás ahí, es por nosotros.

Acercan a ti un madero, la cruz. Dos palos que se convertirán en el trono de un Rey que ama hasta la muerte. Dos palos de un árbol con un importante papel en los planes de su creador.

Te abrazas a la Cruz como si fuera lo más preciado, lo que más quieres, y en realidad cuando la abrazas me siento yo abrazada. Me siento perdonada, amada, siento que Tú no te olvidas de mí, y que piensas en mí mientras echas a andar.

Levantas la vista una vez más hacia la multitud, e invitas a todos a seguirte una vez más. Y seguirte, sin quejas, Señor. Solo con amor, que es lo que en este momento te mueve a estar aquí, y a nosotros a seguirte.

Ahora deseo haber sido mejor. Quizás si hubiera sido más buena no pasaría tanto. Te pasas en cariño. Señor, abrazaré desde aquí la Cruz para que me sientas junto a ti.

Hay una minúscula irregularidad en el camino, pero bajo el peso de la humanidad no mantienes el equilibrio. Caes de rodillas y la Cruz a tu lado. Se te abren las heridas y sangras. Toda esa sangre por una humanidad que sabes que no tiene mucho arreglo. Pero el amor te puede.

Quiero amar como tú. Quiero amar como tú amas al soldado que no para de darte latigazos.

Ya no se te reconoce entre las heridas. Da lástima y no puedo evitar querer apartar la mirada. Pero no lo haré. Porque estoy aquí para amarte como tú me amas.

Y yo caí tantas veces en lo mismo, y tú me levantabas cada día unas mil veces. Quiero acercarme a ayudarte y sacarte de ahí. Pero se me adelantan.

María sale corriendo hacia ti. Te abraza, ignorando a los soldados que intentan separarla de ti. Te ayuda a levantarte y te besa en la cabeza, como cuando tropezabas y caías de niño.

Te susurra palabras para darte fuerzas, pero no trata de detenerte. Sabe que es tu decisión. Acabas consolándola a ella. María te mira una vez más, muerta de dolor mientras la apartan de ti.

Jesús, quiero tener esa confianza en ti que tiene tu madre. Quiero amarte como ella lo hace, poder entender que todo saldrá bien si es como tú lo quieres. Confiar en que estás junto a mí y que nada malo me va a pasar si tú estás conmigo.

Porque te quiero amar tanto que entienda que no nos vas a dejar solos.

Mientras abrazo a tu Madre, me doy cuenta de que esa Cruz pesa demasiado. No tienes muchas fuerzas y has perdido mucha sangre. Un soldado también se ha dado cuenta, y empieza a buscar entre la multitud a alguien que te pueda ayudar. El soldado sabe que debe buscar a alguien fuerte, y es entonces cuando ve a un padre, con sus hijos, volviendo de trabajar y mirando de reojo hacia ti. El soldado se abre paso y guía al hombre hasta el lugar en el que esperas con la Cruz. Ese hombre es Simón de Cirene.

Este hombre solo pasaba por ahí. A él, lo que te pasaba, le era indiferente. Pero, cuando le miraste como agradecido, en su corazón brilló algo nuevo, inesperado. Latió con más fuerza y sintió que la Cruz le era más ligera. Porque contigo, Señor, las cruces que llevamos no pesan nada.

El cirineo se llenó por dentro de tu gracia, Señor. Yo también quiero. Y quiero entender que, cuando se presente una cruz, por muy pequeña que sea, en mi vida, sin ti me va a pesar y a hacer caer muchas más veces.

Quiero también, Señor, ayudarte. Quiero ser como Simón. Quiero ser un cirineo que ayude a los demás a cargar sus cruces, ayudarles con sus dificultades.

Verónica es una chica, una mujer bastante normal. Es una mujer sencilla, judía, ... Pero a veces no se siente muy feliz. Le falta algo. Camina por las calles mirando al suelo y arrastrando los pies. Hasta ese día.

La veo unirse a la multitud, rápida y ligera. La veo atravesarla y quitarse el hermoso velo blanco del cabello. Llega hasta ti, te mira a los ojos.

Ella te había visto a lo lejos, cubierto de sangre, y se enamoró de ti. Tu rostro, tu mirada, tu dolor le tocaron el corazón. Entendió quién eras y te amó al instante. Entonces decidió hacerte un gesto de cariño.

Acerca su velo a tu cara, te limpia la sangre de los ojos que te impide ver y de los labios, que te deja un sabor amargo. Limpia tu rostro para que, a pesar de tu estado, más gente se enamorara de ti como ella lo hizo.

Un soldado empuja a Verónica para apartarla del camino. Ella cae al suelo, a un lado del camino. Llora de pena porque ya no ve tu Rostro… Pero extiende el velo y sus lágrimas se transforman en lágrimas de profunda esperanza. Tiene tu rostro impreso en la tela. Ella la abraza y se une a las mujeres para acompañarte.

Jesús, yo también quiero sentir esa esperanza. Quiero tener tu rostro grabado, como en el velo de la Verónica. Deja una imagen de Ti en mi alma para poder seguirte, sentir esa esperanza.

Es difícil no caer cuando llevas mucho peso. Tú llevas el mayor de los pesos: todos los pecados de todos los tiempos.

Cuando yo llevo muchos pecados, me es más fácil caer una y otra y otra vez. Tú has caído por segunda vez. Te cuesta levantarte, pero cada persona que existe, existió o existirá te da fuerzas, y te pones en pie.

Ves al grupo de mujeres que se reúnen en un lado del camino. Lloran desconsoladas al verte lleno de heridas y de sangre. Ellas te han visto caer, sufrir, y te van a ver morir. Tienen el corazón atemorizado, pero no te van a dejar. Así que les hablas.

Oír tu voz, un poco rota por el dolor, calma. Y tus palabras llenan sus corazones de la mayor

esperanza. Solo Tú sabes consolar. Tanto te necesitamos oír y tan poco lo intentamos…

 

Quiero acudir a Ti cuando me pierda, me ponga nerviosa, me de miedo algo. Porque NECESITO escuchar tu consuelo. Tu consuelo que calma hasta al más inquieto corazón.

Las mujeres respiran tranquilas, y tú sigues.

Tus tobillos flaquean. Vuelves a caer, de cara, y las heridas se agrandan.

Ya apenas te puedes mover, y estás a escasos metros de la cima del calvario. Parece que necesitas ayuda.

Yo también necesito ayuda a veces. Me caigo y no sé cómo levantarme. Necesito tu ayuda.

Trato de darte fuerzas desde donde estoy. Tú te apoyas en todo aquel que te da fuerzas, piensas en los que no te miran y en los que te maltratan. Pero no piensas mal de ellos, piensas en ellos con amor.

Te has caído tres veces. Y no solo eso, sino que las tres veces te levantaste para entregar tu vida por mí.

Has llegado y los soldados te desvisten. Te quitan el manto, que parten en cuatro para repartírselo. Pero la túnica era buena, no tenía costuras, así que la echan a suertes.

Al arrancarte tus vestidos, la tela roza con las heridas, que escuecen, y todas las que quedaban cerradas se abren. Es una tortura.

Te suben a la Cruz y empiezan a clavarte en ella. Los golpes de los clavos hacen enmudecer hasta al viento. Incluso las piedras se estremecen ante esa imagen. Dios no solo se hizo hombre, sino que se ha entregado.

Ya te han clavado en la Cruz.

Ha sido por mí, estás ahí por mí. Te has entregado para hacerme libre. A mí. Tú, mi Dios. El mundo está en silencio, ya se nubló el cielo, ya nos regalaste a tu Madre, ya expiraste. La lanza que te ha atravesado yace en un lado, con sangre. Bajo la Cruz, más sangre. Todo eso por nosotros.

Te bajan de la Cruz con suavidad. Tu Madre, mi Madre, te recoge en brazos, muerta de dolor. Te besa las heridas, te abraza y te mece como aquellos días hace más de 30 años en un portal de Belén.

El sepulcro en que te meten es nuevo y apenas tienen tiempo, por la fiesta.

Todos se van. Yo me quedo un rato. Toco la piedra. Señor, te espero. Nos vemos en tres días. Porque esta pena tan grande también guarda esperanza.

Adiós, Jesús. Te amo. Hasta pronto.

  • Domingo de Resurrección 2026

    Domingo de Resurrección 2026

     

    Un sollozo me despierta. María Magdalena llora mientras guarda unos perfumes en una bolsa buena de cuero. Me levanto y le ayudo. Me ofrezco a acompañarla y llevar yo los perfumes. Acepta, le tiemblan las manos.

  • Via Crucis 2026

    Via Crucis 2026

     

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  • Viernes Santo 2026

    Viernes Santo 2026

    Jesús se levanta de la mesa. Todos le imitan. Salen de la casa y yo les sigo, pero no quiero que lo note nadie, así que voy con suavidad, despacio y sin hacer ruido. Si hay algún sitio donde no me deba meter, lo sabré, porque Jesús sí sabe que les sigo y Él me lo dirá.

  • Jueves Santo 2026 (2)

    Jueves Santo 2026 (2)

    Me han dicho que ayer no llegó mi escrito. La verdad es que tampoco pasó demasiado.
    De nuevo me desperté por la mañana, desayuné con la Virgen, y salimos. Nos encontramos con Juan, que le indica a María el lugar en donde tendríamos que preparar la cena. La Última Cena.

  • Martes Santo 2026

    Martes Santo 2026

    Un paseo por las abarrotadas calles de Jerusalén del brazo de la Virgen.
    Está mañana nos entró un pequeño antojo de algo dulce y, como yo no sé mucho de la comida de la época (de hecho le había preguntado si un día podíamos comer lasaña), me ofreció dar una vuelta por el mercado para elegir algo de comida. Cuando le sugerí unas patatas fritas, se echó a reír diciéndome:

    "Ay hija mía! Pero si a Colón le quedan 15 siglos para nacer! No se sabe ni que América existe, ni la patata, ni el chocolate!"

  • Lunes Santo 2026

    Lunes Santo 2026

    Me despierto en casa de María. Ella, con el amor de una madre, me ha preparado un desayuno. Y menudo desayuno. No sé muy bien qué era, pero estaba delicioso. María Magdalena se había unido a nosotras para esa primera comida del día y nos había dicho, y cito textualmente:
    ─¡Esta semana no sé lo que harán Jesús y los apóstoles, pero yo tengo la sensación de que no vamos a parar quietas!

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