Un sollozo me despierta. María Magdalena llora mientras guarda unos perfumes en una bolsa buena de cuero. Me levanto y le ayudo. Me ofrezco a acompañarla y llevar yo los perfumes. Acepta, le tiemblan las manos.
Nos reunimos con otras mujeres y subimos al sepulcro. No saben quién les retirará la piedra de la entrada, no saben si les dejarán entrar. Pero lo van a intentar.
Cuando llegamos al sepulcro, no hay piedra que tape la entrada. Un ángel está sentado sobre ella a un lado. En el interior, las vendas estaban perfectamente dobladas. María Magdalena no ve al ángel al principio y se pone muy nerviosa. Mira de un lado a otro buscando a su Señor.
—¿Por qué buscais entre los muertos al que está vivo? No está aquí —dice el ángel—. Ha resucitado.
María Magdalena y las mujeres saltan de alegría. Jesús está vivo. Corren a decírselo a los apóstoles. Las sigo. Se encuentran con Jesús por el camino. El las saluda y les dice que avisen a sus discípulos. Mientras pasan por su lado para hacer lo que les pide, Él me coge de hombro para frenarme e ir a hablar y rato. No puedo sino darle un enorme abrazo, que me devuelve.
—Señor —le digo—. Gracias Señor. Pero... ¿Por qué?
—¿Por qué, qué? —dice despreocupado. Le veo sonreír ligeramente. Lo sabe perfectamente. Pero se lo digo:
—¿Por qué te dejaste maltratar por nosotros? De verdad que lo agradezco, Señor, pero no comprendo.
Jesús mira al cielo pensativo.
—¿Todavia no lo sabes? —preguntó—. Después de todas esas veces que has venido...
—Sí lo sé, Jesús, pero a la vez siento que no.
Jesús me cogió la mano en la que llevaba la pulsera del viaje en el tiempo y reveló la nueva marquita:
—Siempre puedes aprender más, Rocío. Siempre. Pero a veces hay que saber que no lo entenderás del todo hasta que vengas conmigo a mí reino. Estás llamada a ser santa, como toda la humanidad. No te conformes. Esta marquita no hace nada. Solo es un recordatorio de que puedes vivir lo mismo doscientas veces más, pero nunca será igual. Todos crecen y maduran, y si tienes un corazón abierto, tu alma también crecerá.
Me abraza.
—Te amo con locura, Rocío, y mi Padre que está en los cielos también. Pero va siendo hora de volver.
Asiento con la cabeza y con lágrimas en los ojos. Le doy un beso en la mejilla, un beso de verdad, lo más cargado de amor que puedo. Yo también quiero amarle. Yo también quiero llevar mi cruz para estar cerca de Él y ser santa. Porque Él me lo ha pedido y yo lo haré.
Feliz Pascua.