Me han dicho que ayer no llegó mi escrito. La verdad es que tampoco pasó demasiado.
De nuevo me desperté por la mañana, desayuné con la Virgen, y salimos. Nos encontramos con Juan, que le indica a María el lugar en donde tendríamos que preparar la cena. La Última Cena.
Sigo a María hasta la casa y nos encontramos con más mujeres en la zona de la cocina. Preparamos la mesa, pusimos la cena, y le pedí a la Virgen que me dejase preparar la tinaja con agua para que Jesus lavara los pies a sus apóstoles.
Llegan Jesús y los apóstoles, y me dejan quedarme con algunas mujeres para servir la sala.
Cuando pasó un rato de la cena, Jesús se levanta, coge la tinaja y una toalla, me sonríe y va a lavar los pies a los apóstoles
Me han hablado mucho de San Pedro durante lo que llevamos de año. La verdad sea dicha, el tío impone. Cuando Jesús intentó lavarle los pies se levantó, con algo de mal genio, y le dijo que no le iba a lavar los pies. Que deberían lavarle los pies ellos a Él. Pero Jesús, con calma, le contestó, cambiando la actitud de Pedro. Se acercó caminando muy rápido a su lugar y le dijo que le lavara también la cabeza. Jesús solo le lavó los pies, claro, pero hubo risas de Andrés y Santiago.
Hacia el final de la cena, Jesús cogió pan y lo bendijo. Cogió vino y también lo bendijo. Su cuerpo y su sangre. Todos comieron y bebieron. Se quedó con nosotros, para siempre, por siempre, cada día de nuestra vida, en cada misa.
Después anunció su muerte, dijo que alguien le iba a entregar, le dijo quién iba a ser a Juan. Judas se fue de la casa, Jesús anunció las negaciones de Pedro y éste dijo que no lo haría. Cuando la cena iba acabando, acabó también el día.