Me despierto en casa de María. Ella, con el amor de una madre, me ha preparado un desayuno. Y menudo desayuno. No sé muy bien qué era, pero estaba delicioso. María Magdalena se había unido a nosotras para esa primera comida del día y nos había dicho, y cito textualmente:
─¡Esta semana no sé lo que harán Jesús y los apóstoles, pero yo tengo la sensación de que no vamos a parar quietas!
La Virgen sonríe y me mira por el rabillo del ojo, mostrándose de acuerdo en eso, pero no mucho en el motivo. Yo capto la mirada y cambio de tema.
─¿Qué necesitas hoy? ¿Puedo ayudar?
María Magdalena aplaude con entusiasmo.
─¡Va a haber cena en casa de Marta, María y Lázaro! ─exclamó─. Ellas nos piden unas cuantas manos de más, así que si no tenéis problema…
─Manos a la obra, ¿no? ─dijo con una sonrisa María. Y sin esperar respuesta, sale por la puerta hacia el mercado para comprar un par de cosas para la comida.
Más tarde nos enteramos de que ese “par de cosas” eran ni más ni menos que todos los ingredientes para hacer los platos preferidos de Jesús. María Magdalena añadió discretamente a la compra los ingredientes para un postre que a ella le gustaba mucho…
Nada más llegar, María y Marta me saludan entusiasmadas. Entramos a la cocina. Al cabo de un rato, María la hermana de Lázaro me pide un favor:
─¿Podrías cubrirme? Quiero salir a comprar una cosa, pero no me apetece que mi hermana Marta se entere y me trate de convencer de no hacerlo.
─Por supuesto, María ─le dije─. Pero, ¿qué vas a comprar?
─Verás, vi el otro día en el mercado una perfumería con el mejor perfume de nardo puro jamás visto.
─Pero será carísimo ─dije, fingiendo no saber nada.
─No vale más que una miseria al lado de Él.
Me abrazó para darme las gracias y se fue.
Marta atacó en seguida:
─¿Dónde se ha metido María? ¿Por qué nunca está donde tiene que estar?
─Yo creo que siempre lo está, Marta ─comentó la Virgen.
─¿Y por qué no está cocinando?
─Igual no es lo que debe estar haciendo ahora ─explicó.
Marta no encontró palabras, se encogió de hombros y siguió a lo suyo.
Cuando llegaron Jesús y los doce apóstoles, María ya había llegado, puesto la mesa y acabado el cordero al mismo tiempo que escondía el perfume en su habitación.
Antes de la cena, Jesús me hizo un gesto para salir a dar el primer paseo de la Semana Santa, tal y como me había prometido. Lamentablemente, no puedo poneros por aquí todo lo que me dijo porque eso es algo de cada uno. Pero creo que fue la mejor conversación que he tenido en la vida.
Volvimos a la casa. Empezó la cena. A la hora del postre, María la hermana de Lázaro se levantó con el perfume. Lo derramó a los pies de Jesús. Se quitó el velo y le secó los pies con su propio pelo. Jesús le miró con un inmenso amor en los ojos. Se emocionó. Al Señor le gusta que le hagamos esas pequeñas muestras de amor. Sin embargo, no le gusta que las cuestionen, como hizo Judas. Jesús le hizo callar y abrazó a María, que lloraba en su hombro al sentirse amada.