Jesús, hoy nos ofreces un Evangelio largo. Estás en Samaría, y los judíos y los samaritanos no os lleváis muy bien. Pero Tú no distingues. Tú te sientas, solo, junto a un pozo. Y el Evangelio nos dice hasta la hora que era: la hora sexta. Llega una samaritana y Tú, que no distingues por razas, le pides que te de agua.
Ella, al principio, se niega. Una vez nos acostumbramos a que un determinado grupo de personas nos trate mal y te odie, el mínimo gesto por parte de uno de ellos nos parece muy extraño. Porque estamos acostumbrados a meter a la gente en el mismo saco, con una etiqueta sin nisiquiera conocerla. Así que la samaritana cuestiona tu petición.
Tus palabras pillan desprevenida a la mujer. Dices que le darías agua viva. Ella no comprende. No tienes ninguna herramienta para ello. Pero Tú le dices que quien beba del agua que Tú quieres darle no tendrá nunca más sed. Y el evangelio sigue. Le dices más tarde que eres el Mesías. Pero yo he decidido quedarme con lo de meter a todo el mundo en el mismo saco, como propósito.
Y no proponerme meter a todos en el saco, sino sacar a todos de él y conocerlos antes de juzgarlos. No pensar que una persona, por llevarse con otra que a lo mejor no me cae tan bien, tampoco es agradable.
Y sé que Tú, Jesús, me puedes ayudar. Así que recuérdamelo de vez en cuando, por favor.
Gracias Jesús. Acompáñame, que queda menos para Semana Santa.