He sacado como cada año mi vieja pulsera del cajón de mi escritorio. He sacado como cada año mi libreta y mi bolígrafo de ese mismo cajón. Como cada año, me he puesto la pulsera y voy a despedirme de mis padres para irme al lugar más especial al que cualquiera podría ir. Y es q no es un viaje normal. Es un viaje en el tiempo.
Escribo a mi familia y a mis amigos avisando de mi viaje y me llegan un montón de cosas para pedirle a Jesús en persona. Entonces, cojo mi bolsa de viaje y observo atentamente la pulsera.
La piedra del centro tiene una marca. Eso antes no estaba ahí. Decido que es el cambio anual , que es la nueva experiencia que me va a traer este año. Finalmente, salgo hacia Jerusalén, dos mil años atrás.
Durante el viaje pienso en lo que aún me sorprende. Puedo ir miles de veces, pero nunca lo vivo de la misma forma. Porque, haga lo que haga, Jesús siempre me sorprende.
Cuando llego no estoy con María Magdalena. No estoy con el borrico en el establo. Estoy en un campo. No hay nadie. Al cabo de un rato oigo pisadas. Jesús se acerca. Es la primera vez que le veía a Él el primero. Me saluda con una sonrisa, como siempre. Como nos saluda siempre cuando le visitamos en el sagrario o en misa.
---¿Otro año más, eh? ---me dice.
Yo se perfectamente que El sabía esto desde siempre. Pero también, con el paso de los años, había aprendido que a Jesús le encantaba escucharnos, que le digamos lo mismo una y otra y otra vez. Le gusta oír nuestra voz.
Jesús me dice que este año vamos a hacer una cosa distinta. Cada día vamos a dar un paseo hablando. Quiere escucharlo todo.
Después de un rato, nos acercamos al grupo. Pedro y Andrés se están acercando con un borrico. Me saludan. Jesús me conduce junto a su Madre. María me abraza y me dice:
---Vas a estar conmigo está semana, ¿vale? Ya convencí a mi Hijo. No sabes lo que me costó. ---María rió. Poco a poco nos ponemos en marcha. María no me suelta. Me siento muy bien.
Ramos y mantos, gritos y alabanzas. ¡Hosanna el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!
Tras todo el día, María me dirigió al lugar donde se hospedaba. Agotadas, nos sentamos riendo. Hablamos un rato y nos fuimos a dormir.